Embajada de Honduras >Cultura > Cuentos y Leyendas > La Bola de Fuego
la bola de fuego

Hace muchos años en el puerto de San Lorenzo ocurrió un caso que todavía se comenta entre los viejos del lugar.

Pancho Tercero, de origen nicaragüense vivía en la entrada de San Lorenzo en una pequeña casa de aldea, se dedicaba a la pesca, con lo que proporcionaba el sustento diario de su familia. Salía en la madrugada a tirar anzuelos y regresaba horas después con una buena cantidad de curbinas, pargos y meros, listos para cocinar.

Los pescadores afirman que Pancho era un hombre con suerte, había ocasiones en que ellos pescaban poco y él siempre regresaba con bastante pescado. Buen padre de familia, responsable, afable, sin vicios, era casado con una hondureña humilde y callada, habían procreado tres hijos, dos varones y una niña.

Un viejo marino siempre llegaba a la casa de Pancho en horas de la tarde y relataba a los niños las más extrañas historias de piratas y de famosos lobos de mar. Sara, que así se llamaba la esposa de Pancho preguntó al viejo: ¿Qué sabe de la bola de fuego don José? El viejo iluminado por las llamas que salían del fogón, se pasó la mano por su espesa barba blanca, se puso de pie y señalo hacia las montañas y empezó su narración:

¡Ahí en esas montañas la he visto varias veces, pero jamás he logrado alcanzarla! Pancho intrigado miró las montañas y pregunto: ¿Existen entonces? El viejo marino movió su cabeza como sacudiendo mil recuerdos: “Si la bola de fuego existe... muchos vecinos de la zona sur la hemos vistos.

La primera vez que la vi tenía 18 años, era un muchacho curioso y anduve preguntando de casa en casa sobre la bola de fuego, era un tesoro inmenso, que había que conseguir un pañuelo blanco, sin ninguna mancha para poder amarrarla, de todo aquel que logró atrapar la bola de fuego se hizo rico.

Por eso durante muchos años anduve detrás de la bola de fuego y, hasta la fecha, cuando ya peino canas nunca logre atraparla. Olvidaba decirles que quien atrapa la bola de fuego, tiene que meterla dentro de un baúl y al siguiente día encontrará un inmenso tesoro”.

Sara sirvió las tazas de café y siguió atizando el fogón que Pancho había construido fuera de la casa, siguiendo la vieja costumbre campesina. Después de tres sorbos del aromático café, el viejo prosiguió: “También hay un secreto; les decía que hay que tener suerte, valor y velocidad para atraparla, pero hay algo más, hay que llevar una cruz en la mano izquierda y el pañuelo en la mano derecha, al alcanzar la bola de fuego se lanza la cruz sobre ella y entonces se quedará suspendida en el aire, luego hay que actuar con velocidad para atraparla con el pañuelo blanco, limpio sin manchas”.

Los niños no salían de su asombro, y todos volvieron sus rostros hacia las montañas, con esperanza de ver la bola de fuego. Pasaron los días y una mañana los marineros y pescadores eran portadores de mala noticia: ¡El mar está enfermo... el mar está enfermo! Los vecinos corrieron hacia el mar y vieron que se llenaba de burbujas viscosas, unas burbujas que se contaban por millones.

El viejo José se encargó de calmar a los vecinos: “No tengan miedo... hasta el mar se enferma... esa se llama viruela marina y no dura más de seis días... es saludable que suceda eso le suceda al mar, así que no pesquemos durante esos seis días y busquemos otra manera de ganarnos la vida, que nadie se alarme y que nadie se bañe en el mar”.

Pero esos seis días para Pancho serían muy caros. ¿Cómo llevaría el sustento diario a su familia? Pensó en atrapar unos garrobos para hacerlo en sopa, pero desistió de la idea, sabía que a sus hijos no les gustaba ese animal, pensó muchas cosas más y al final decidió solicitar crédito donde sus amigos del mercado. “Ve, voy a llevar un pañuelo blanco por si las dudas”.

Y como reza el refrán “del dicho al hecho hay poco trecho”, compro un gran pañuelo blanco con la esperanza de que un día apareciera la bola de fuego en el cerro que estaba ubicado frente a su casa.

Como de costumbre don José llegaba por la tarde a contar sus historias de piratas y aparecidos que fascinaban y a todos los de aquella casita de abobe. “No sé si les conté, una vez me asustaron por andar de incrédulo... fue allá en San Marcos de Colón... me había advertido que en el río salía el fantasma de un gigante, no creí tal cosa y me burlé muchas veces de quienes me contaban la historia de fantasma.

Una noche decidimos ir de pesca al río con varios amigos, cada uno escogió el lugar que mejor le pareció para lanzar el anzuelo y sentarse a esperar, yo me quedé bajo un frondoso árbol. La luna iluminaba perfectamente y el viento arrastraba las hojas por la orilla del río. De pronto vio una sombra que se proyectaba sobre las rocas... seguramente una nube, pensé, pero luego escuché unos pasos sintiendo que la tierra temblaba... era el Gigante de la noche, algo espantoso que me dejó mudo durante siete días... eso me paso por incrédulo”.

Pancho saboreaba el relato del viejo marino... desde la cumbre de la montaña bajaba lentamente la bola de fuego, el viejo José animando a Pancho exclamó: “Corré Pancho... la bola de fuego te dará tiempo, yo lo conozco... síguela, no la dejes ir”. Animado por aquellas palabras Pancho se metió en la bolsa de su camisa el pañuelo blanco que había comprado ese día, en su mano izquierda agarró una vieja cruz de plata que conservaba desde hacía varios años y emprendió veloz carrera rumbo a la montaña.

La Bola de Fuego se mantuvo inmóvil como esperando al que corría a su encuentro... corriendo entre zarzas y espinos herido de brazo, piernas, manos y rostro llego a la falda de la montaña y al instante la bola de fuego se colocó frente a él, como retándolo. Pancho estaba cansado, pero su voluntad de amarrarla era más fuerte, y antes que ocurriera otra cosa, lanzó la cruz, sacó el pañuelo y con una velocidad increíble logró atraparla.

Casi amaneciendo regreso a su casita de adobe... todos lo esperaban con ansiedad, el viejo José se frotaba las manos nervioso al ver que las manos de Pancho estaban iluminadas, lanzó un suspiro de satisfacción. ¡Papá agarró la bola de fuego! Gritaron los niños.

Había lagrimas en el rostro de su mujer. Pancho casi no podía hablar abrió un viejo baúl y deposito ahí el preciado tesoro que tanto esfuerzo le costó. Su mujer y el viejo lo colmaron de atenciones, le curaron las heridas, le sirvieron una taza de hojas de naranjo.

Cansados y después de comentar lo sucedido, se acostaron, era la siete de la mañana cuando Pancho abrió sus ojos, le dolía el cuerpo y las heridas le inflamaban la piel... lentamente abrió el baúl y descubrió collares de perlas joyas, dinero, monedas de oro y plata, en fin un fabuloso tesoro.

Y cuentan que Pancho, don José, doña Sara y sus hijos se fueron a vivir a los Estados Unidos para disfrutar de aquella inmensa riqueza que les dejo la bola de fuego. Aún, hoy en día hay quienes han visto bajar de las montañas la bola de fuego, pero nadie a tenido el valor de buscarla y atraparla

hosting costa rica