|
el cadejo
Eran las tres de la tarde cuando llegamos a la modesta pulpería de don Félix en un de los barrios de Catacamas. Mientras atendía a sus clientes se ufanaba de haber sido en un tiempo un hombre que más conquistas amorosas había logrado por aquellos lugares. “Ah no amigo Montenegro, yo no era del que llevaba serenata a las muchachas, o que les daba papelitos, a puro verbo me conquistaba a las mujeres que me gustaban”. Apoyando sobre un bote lleno de galletas y mientras espantaba las gallinas que curiosas entraban en la pulpería, don Félix prosiguió: Vea Montenegro, a mí me salió el cadejo por esas cruces, fue algo espantoso, como decirle que no me explico cómo salí vivo de aquel callejón, cerca del cementerio. Me gustaba mucho Marianita, una chiguina bonita, con caminadito de potranca y con unos pechos como cumbos. Siempre que pasaba por el callejón, cerca del cementerio, me quedaba viendo desde la ventana de su casita se asomaba con aquel pelo largo que daba gusto verlo le brillaba intensamente, y mi mal ha sido ese, las mujeres de pelo largo. Un día estuve esperándola hasta que salió de su casa a traer agua al pozo, me fui detrás de ella despacito para no asustarla, “porque las mujeres son como los pájaros, se asustan con facilidad y en eso si era cuidadoso”. Por fin cuando ya había llenado su balde de agua, le salí al paso y le conté que tenía noches enteras de estar contando las estrellas y pensando en ella, le dije que en el maizal ya tenía apartado los elotes más grandes para ella y finalmente le dejé ir aquellas palabras... vea Marianita usted tiene que se mía. La viera visto como se puso la cara chapuda, pero luego se rió conmigo, y aquella sonrisa se me quedó clavada en el corazón. Total que me puse loco por Marianita, loco de remate. Los amigos que sabían como era yo con las mujeres, me hacían bromas: “dejá de andar por ese callejón del cementerio que te van asustar de repente”. Pues para no cansarlo don Jorge, Marianita fue mía una tarde cayendo un aguacero caballo. Nos mirábamos a escondidas y ella se escapaba de la casa a medianoche, cuando todos estaban dormidos. |
Una noche, cuando regresaba de un velorio, me acordé de la cita y fui al callejón a esperar a Marianita, había estrellas y la noche no era tan oscura. De repente miré que al lado del cementerio salía un perro negro que se fue arrimando a las casas, aquello no me asusto porque muchos perros se metían al cementerio a cazar conejos. Sin embargo cuando mire la otra vez para el sitio donde estaba el perro, ya lo mire más grande, sentí que la columna vertebral se me hacía como hielo, un escalofrío recorrió mi cuerpo, quería moverme pero no podía, estaba como clavado en el suelo, el perro negro seguía creciendo, sus ojos se fueron convirtiendo como en brasas, rojos... rojos... a medida que se iba acercando hasta dónde yo estaba crecía y crecía, se hizo del tamaño de la casa de Mariana, quise gritar pero no pude, una fuerza extraña me mantenía inmóvil, rápidamente se me vino a la mente de gritar, tenía que hacerlo para salvar, el animal se acercaba más y más, las manos, la frente, todo el cuerpo me sudaba, era un sudor helado, tan helado como mi columna vertebral que parecía hielo... hice un esfuerzo sobrehumano y al fin salió aquel grito de mi boca... ¡Dios Mío sálvame! El animal lanzó un aullido espantoso como si algo lo hubiera golpeado, corrió otra vez hacia el cementerio y a medida que corría se iba haciendo pequeño hasta que desapareció detrás de unas tumbas. En ese momento Marianita salió, al verme se me acercó... no sé que cara me vio o que fue lo que miró pero salió corriendo asustada y se metió en la casa apresuradamente. No sé cuanto tiempo estuve parado ahí, solo recuerdo vagamente que me estaba poniendo ruda y agua florida... me llevaron a casa de una tía. Cuando pude hablar conté lo sucedido y todos estuvieron de acuerdo que me había salido el cadejo. Me salió el cadejo negro. Poco después y hablando con los ancianos del lugar, me di cuenta que el cadejo negro es malo, que también sale un cadejo blanco y le hace favores a la gente. ¡Desde entonces don Jorge! Quedé curado de la tunantiada. Y que pasó con Marianita, le preguntamos. Arreglándose el bigote y con una amplia sonrisa contestó, Marianita se fue de aquí al día siguiente y hasta la vez nadie nos da razón de ella. Yo creo que se la llevó el cadejo o algo le sucedió. Esta fue la historia que sobre el cadejo nos contare don Félix Miralda en Catacamas, departamento de Olancho. |


