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el salinero
El Salinero fue un hombre pérfido, que se hizo del robo, del incendio y del asesinato, su vida favorita. Esto hace muchos años. La época colonial estaba en su apogeo, época en que el delincuente se le castigaba con severidad, con penas atroces. El Salinero tuvo como teatro de sus perversidades a la pacífica Villa de Santa Cruz de Oro (hoy de Yoro). Narran que propinaba tan horribles machetazos, que hasta el corazón más perverso se horrorizaba al presenciar tan vil espectáculo. Esgrimía admirablemente la “cutacha”. Una vez estando de “parranda” en un pueblo se enamoró tanto de una guapa joven que apostó que dejaría ser Salinero si no se adueñaba de ella. La niña le huía, pues era su representación tan tosca que infundía pavor. El no despreciaba las ocasiones para dirigirle frases amorosas. Un día la niña bajo al “ojo de agua” para llevar el precioso liquido, él, escondido tras un matorral la asaltó asiéndola, cual un relámpago se la llevo. La hizo su compañera y como no tenía casa de habitación la llevó a una cueva. Pasaron los días... la fama del Salinero cundió a maravillas. Las personas no eran dueñas ni de sí mismas. Por todas partes oían los siniestros relatos del gran asesino. Con gran lujo arreaba con destino a los puertos de partida de ganados que muy bonitamente apercibía de las haciendas. Fue tan audaz que siempre se burló de las escoltas: en cierta ocasión tuvo noticias la autoridad de que por allí andaba Salinero; inmediatamente se organizó un gran auxilio, yendo a la cabeza el señor Alcalde, quisieron sorprender y apresarle; pero él con una presteza admirable, desenvainó la cutacha, mató al Alcalde, a otros los dejó rendidos, medios muertos y los que pudieron tomaron las de Villadiego. Las autoridades estaban exasperadas. Los hechos de sangre eran alarmantes. Siempre se apostaba a la vera de los caminos, asaltaba al viajero, le robaba y santas pascuas. |
Nadie por hombre que se tuviera, estaba seguro de salir triunfante y las gentes cuentan que tenía piedras y es por eso, que siempre le rodeaba la suerte en todas sus aventuras. Asegúrase que tenía a su cargo cuatro mujeres. Los tribunales de justicia tomaron cartas activas en el asunto y lo declararon fuera de la ley. Fraguaron un plan para apresarlo. Desde luego, la señora poco aprecio le tenía y ésta se ofreció que tal día a tal hora, cuando él estuviera bien dormido, ella estaría alerta para avisarlo a la escolta que, cautelosamente y a la expectativa se colocaría allí cerca. Así fue, lo apresaron y lo trajeron a la Villa antes dicha. Era adicto al juego y alguien dice que para capturarlo, una vez que jugaba naipe le escondieron la sota de bastos. Se siguieron las diligencias y penado a muerte fue ejecutado: el cadáver la partieron en cuatro partes y en presencia del público; después cada parte la sepultaron a la salida de cada uno de los cuatro caminos principales; esto era para que sirviera de “ejemplo a las generaciones venideras”, a la usanza de los conquistadores españoles. El verdugo que lo ejecutó vino de Comayagua. Aún existen los calpules y siempre que uno pasa por esos lugares, deposita una piedra para ganar la indulgencia a favor de aquella alma en pena. El relato que nos aventuramos exponer es auténtico. En el archivo del Juzgado de Letras de este departamento se encontraba el proceso que databa de los últimos años de la dominación española; pero desgraciadamente por el proceder tan reprochable de nuestra mal llamada revolución, se ha perdido tan preciado documento. La tradición narra que Salinero era un joven honrado en toda prueba más un día le cobraron las contribuciones y habiéndose rehusado a pagarlas, la autoridad se echó sobre él; comenzando desde aquel momento su vida de troglodita. Su verdadero nombre era.... |


