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YO VI AL ZIPITILLO

Don Ramón López campesino de Comalí pintoresco lugar de la zona sur nos invitó a su casa ubicada cerca del campo de fútbol, encendió un puro cañón rayado y después de chuparlo con deleite lanzó una bocanada de humo que hizo temblar a los zancudos hasta en el último rincón. “Ve don Jorge, me gusta mucho su programa de Cuentos y Leyendas de Honduras y jamás escuché que usted se refiriera al Zipitillo”.

Yo había oído hablar del zipite un extraño personaje que según la tradición vive en los lugares donde abunda el carbón y hollín, de vestir andrajoso, descalzo e inofensivo. El Zipitillo aparece generalmente en Semana Santa causando el temor de las personas que lo encuentran en los caminos y veredas.

También habían escuchado relatos informales de el Zipitillo, y con la curiosidad por saber más del personaje aludido pregunté a don Ramón: ¿Quién ha visto al Zipitillo por ésta región? Antes de contestar le dio otra chupada al puro y con una sonrisa que denotaba cierto orgullo manifestó: Yo lo vi don Jorge... o mejor dicho lo vimos cuatro personas.

Usted sabe que los campesinos nos fajamos desde la madrugada hasta la puesta del sol trabajando la tierra... antes de la llegada del invierno y según el vuelo de las golondrinas sacamos nuestros cálculos para ararla con amor, porque a la tierra hay que darle cariño.

Los primeros granos de maíz los recibe con el mismo amor que nosotros le damos y cuando nuestro sudor cae sobre ella, se estremece emocionada y comienzan a germinar las semillas. Ahí es cuando comienzan los celos de los cardos, de las espinas y de toda la maleza que quiere destruir el fruto de nuestro trabajo, luchamos entonces para que las matas de maíz vayan creciendo y nos peleamos con la maleza, la atacamos como en una gran guerra hasta que terminamos destruyéndola.

La tierra agradecida se vuelve más negra y suave, permitiendo que las raíces saquen los elementos necesarios para que vengan elotes fuertes y grandes... surgen de nuevo el peligro sobre los frutos de nuestro trabajo y comienza la guerra de los zanates, de los cuervos y las urracas, colocamos espantapájaros y ordenamos a nuestros hijos que permanezcan alerta con sus hondas de hule... éstos animales que presienten el peligro; arman escándalos en los árboles cercanos, pienso que talvez están con cólera porque no los dejamos picotear nuestros elotes.

La gente de las ciudades no sabe lo que cuesta un elote señor Montenegro, solo fruncen la cara cuando les damos el precio. Y así aguantando sol y agua van pasando los días y las semanas hasta que el maíz da punto y comenzamos a doblarlo llenando las cargas. Sigue pasando el tiempo y al llegar la temporada en que las matas están completamente secas, les metemos fuego.

Como le decía éramos cuatro personas las que terminábamos de darle fuego a la milpa, hacía un sol abrasador y nos sentamos debajo de un árbol a descansar; de un cumbo de agua tomamos todos porque el calor era insoportable, yo me levanté del sitio en que me encontraba para hacer aguas y me llamó la atención algo que se movió en medio de las cenizas y el humo, creí que estaba soñando o que el calor me hacía ver cosas, llamé a mis amigos y señalando con el dedo les dije que se fijaran en línea recta porque algún animal estaba entre las cenizas.

 

Uno de mis amigos dijo que era imposible que anduviera un animal en medio de las cenizas calientes y todos estuvimos de acuerdo con él, pero ahí había algo que saltaba entre las piedras como capeándose las brazas. Nos escondimos detrás de un cerco de piedras y estuvimos con la mirada fija en un solo punto, el humo no nos permitía ver bien.

Así estuvimos por largo tiempo hasta que llegó la brisa de la tarde y fue despejando la milpa quemada, entonces vimos a un hombre pequeñito alimentándose de la flor de la ceniza. ¡Era el Zipitillo! La huellas de sus diminutos pies estaban por todas partes. Nos miramos unos a otros con asombro y cuando nos asomamos detrás del cerco para verlo mejor, el Zapitillo salió disparado como una bala, corrió sobre el agua del río y se escondió quien sabe donde.

Ahí estaban sus huellas como testimonio, ninguno de los cuatro estaba loco, era imposible que nos imagináramos lo mismo. Llegamos contando lo sucedido al pueblo y casi toda la gente vino a ver las huellas que dejó el Zipitillo.

No le estoy mintiendo don Jorge, puede preguntarle a los más viejos. Un día platicando sobre el mismo asunto con un andarín uno de esos hombres que anda por todas partes, me dijo que pocas personas en el mundo han logrado ver al Zipitillo, aunque siempre deja huellas después de alimentarse con la flor de la ceniza de las milpas quemadas, en otras nosotros tuvimos suerte, mucha suerte porque lo vimos.

También dijo el andarín que el Zipitillo es gran amigo del Duende y a veces se les escucha jugando en medio de los carbonales. Como la imagen de ese hombrecito se me quedó en la mente, un día de tantos, me puse a dibujarlo... ¿quiere ver mi dibujo? Dando más chupadas a su puro saco de un viejo baúl una hoja de papel, ahí esta dibujado el diminuto ser que habían visto en la milpa. Claro que no soy un gran dibujante –dijo, pero se parece bastante.

Había dibujado la figura de un hombre pequeño, delgado con grande orejas y brazos largos, su carita, según el dibujo, parecía la carita de un mono, tenía poco pelo en la cabeza y vestía muy bien.

Si señor Montenegro, así ese señorcito, orejón, brazos largos y cara de mico... sabemos también que es tímido y cuando el Zipitillo come de una milpa quemada, la próxima siembra es abundante y buena... nunca más volví a verlo, pero sus huellas, las señas de sus pequeños pies, las he visto muchas veces... es como esos venaditos que se asustan con facilidad. Nos despedimos de don Ramón, agradeciéndole sus atenciones y especialmente el dibujo que nos regaló y que ahora ustedes han vistos en estas páginas, es el dibujo original.

De más está decirle que después de permanecer en aquella casa, aguantado el puro de don Ramón salimos peor que una milpa quemada.

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