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EL BRUJO DE YAMARANGUILA

En una calurosa tarde del mes de marzo de 1939, Isidoro Claros, comandante cantonal de armas, se encontraba trabajando su pequeña fragua, dedicado a la fabricación de candelabros, candiles, cacerolas y el remedio de una que otra cubeta. Escucho voces en la lejanía y poco después, el sonido de pasos que se confundían con el crujir de ramas y hierva seca. Salió a la puerta y vio la figura de cuatro personas extrañas.

Poca gente se aventuraba a pasar por aquellos caminos remotos de “La Soledad El Cedro”, por temor a perderse en el laberinto de veredas montañosas y escarpadas. Los ojos pequeños de Isidoro examinaron con atención a los viajeros, quienes al verlo se detuvieron a pocos pasos de la vivienda. Se trataba de un hombre de unos treinta años, una mujer de edad indefinible y dos pequeños, un niño y una niña.

-¡Buenas tardes señor! –Dijo con un susurro el hombre. -¡Buenas! –Contestó secamente Isidoro. ¿Qué vientos le trae acá? -Ando buscando trabajo. ¿Me puede decir cual es el camino a la hacienda del doctor Pablo Fiallos? Isidoro, un hombre de pocas palabras, se limitó a señalar con el índice, después entró a su rancho.

No le gustaba nada la traza de aquella gente. Habían pasado unos diez minutos cuando un muchacho sudoroso entró presuroso a la humilde vivienda de Isidoro. -Isidoro. Le traigo una nota del comandante local de Jesús de Otoro, dice que es urgente. La dichosa carta era breve y autoritaria: “Sírvase capturar al individuo Juan Pablo Reyes, indio de Yamaranguila. Se le acusa de haber robado ciento diez lempiras al señor Catarino Montoya. Lo acompaña su mujer y dos niños.

Mándelo a buen recaudo, es muy peligroso”. “Me han informado que fue visto en ese cantón”. Debajo de la nota había una firma dibujada con el alegre estilo de los buenos pendolistas de aquellos días oscuros. Isidoro improvisó una escolta de tres soldados, y armado de sendos machetes se dirigieron a la hacienda del doctor Fiallos.

En la casa se encontraba el mayordomo Concho Alvarado, quien se entretenía remendando algunos matates. Registraron palmo a palmo la vivienda y no encontraron nada, pero al consultar, éste les indicó que las personas de quienes hablaban habían pasado de paso por el camino a “Yalala”. Dos kilómetros más adelante dieron alcance a Juan Pablo Reyes y su familia. Isidoro ordenó a Filiberto Mejía, un experimentado ex-soldado de la temible guarnición esperanzana, que amarrar fuertemente al preso, y así lo hizo.

El preso quedo templado como dicen los ponedores de leña en aparejo los brazos unidos por detrás con un lazo y los pulgares enlazados con cáñamo acerado. La escolta emprendió camino de regreso. Juan Pablo Reyes caminaba adelante como se acostumbraba en los envíos de capturados por el sistema cruel de las “cordilleras”, donde a falta de carreteras el apresado atravesaba a pies veredas, lomas y montañas, seguido de los custodios, hasta llegar al pequeño presidio o la presencia de los fieros mayores de plaza.

No había caminado unos diez pasos, cuando Filiberto gritó asustado: -¡Ayúdeme! Se me soltó esté cabrón. En un momento Pablo Reyes fue rodeado. Efectivamente estaba completamente suelto, el lazo y el cáñamo a un lado del camino, sin señales de nudo. El indio se reía y miraba con burla a sus captores. Lo volvieron a amarrar y se soltó una y otra vez; Isidoro pensó que algo anormal estaba sucediendo y ordenó que desnudaran completamente al indio.

Lo que encontraron los llenó de asombro: el hombre tenía amarrado en los testículos una piedra negra y reluciente, a un lado tenía cierta semejanza a un ojo de gato, en el otro formaba un arco que despedía luces.

Lo vistieron cuidadosamente y lo amarraron nuevamente... y otra vez se soltó. Esta vez, todos se pusieron a temblar. Isidoro ordenó que desnudaran a la india. Así lo hicieron. En la prenda intima encontraron costurada hábilmente una bolsa pequeña, en su interior un “chupuste” de pelo que formaba un sapo que tenía clavados cinco alfileres que formaban cabeza y patas.

Allí mismo doblados estaban los billetes robados... en total ciento diez lempiras. El indio fue amarrado y a medida que el lazo y el cáñamo apretaban su carne, gritaba como condenado. Isidoro cumplió con la orden entregando al prisionero y los extraños objetos al comandante local de Jesús de Otoro, regresando complacido a su casa.

Pero la historia no termina allí... Corría el año 1960, habían transcurrido veintiún años después de los sucesos misteriosos que hemos relatado. Isidoro había mucho que había traslado su residencia a Jesús de Otoro.

Y una mañana mientras se encontraba en su casa dedicado al oficio de hojalatero, tocaron a la puerta, perezosamente quitó la tranca. Isidoro se llenó de terror. ¡Parado en la puerta se encontraba el indio Juan Pablo Reyes! Riendo burlón, con la misma ropa de día de la captura, si un año más... Habló sin alterar su voz. -Vengo por mi piedra. Vos la tenés desgraciado. Isidoro le explicó que el día de la captura se le había entregado al comandante local, y éste había muerto hacía mucho tiempo.

El indio no dijo nada, se dio media vuelta y se dirigió a la cantina de Carmen Castillo. Pidió un litro de guaro y dijo, haciéndose oír por los parroquianos: -¡Juro por el diablo que mataré a Isidoro Claros y beberé su sangre! Luego se empino la botella hasta el fondo.

Súbitamente se desplomó. ESTABA MUERTO. La viuda y los dos muchachos se quedaron a vivir en Jesús de Otero. Isidoro quedó, por ésta circunstancia ligado a una cadena de acontecimientos sobrenaturales. Todas las noches una chancha enorme y una pequeña entraban en su casa, destruían las plantas y se comían el maíz de las prensas. Isidoro disparaba a los animales con su pistola pero no les hacía el menor daño. Noche tras noche los animales entraban, comían, destruían y se retiraban gruñendo espantosamente.

Una viejita del pueblo dio la solución a Isidoro. Le recomendó marcar con una cruz el plomo de las balas, lo cual hizo un día que prometía una noche despejada, y se puso a esperar. Bien entrada la noche, Isidoro vio aparecer a los animales, disparándoles en el primer momento una andanada de tiros. El animal pequeño chilló lastimeramente y se fue arrastrando sus patas, el segundo lo siguió.

Tres días después Isidoro y su amigo Antonio “El Soldado” fueron al sector de Santa Cruz para realizar una diligencia. Regresaron cuando el reloj de la iglesia daba doce campanadas. Caminaban y sentían un silencio sobrecogedor, ya al pasar a la altura de “la rural” escucharon un lamento en una casa de la vecindad, se acercaron, vieron las puertas abierta. A sus ojos se ofreció un cuadro escalofriante.

La viuda de Juan Pablo Reyes estaba sentada en el suelo, tenía en sus piernas la cabeza de su hijo, quien tenía una de sus piernas ensangrentadas. No se ha vuelto a saber de un suceso semejante. Isidoro vive aún en el pueblo de Otoro, luce viejo, ya se han alejado los bríos de la juventud.

Hace muy poco tiempo nos hizo el relato, sin antes advertirnos sentenciosamente: -Pocos creerán mi historia... pero yo sé que la vida tiene misterios y cosas terribles, grandes y profundos, que nadie puede explicar.

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